El Audi R8

Digan lo que digan, el amor es hijo de la vista. Basta con ponerle los ojos sobre el Audi R8 para quererlo, desearlo, rogar por él. Luego, entramos a su perfecta cabina, que no podía ser de nadie más que de Audi, y empieza el proceso de enamoramiento. Prendemos el motor y su canto de sirena nos despierta la pasión. Lo mejor de todo es que, al contrario de la mayoría de sus rivales, con el tiempo ese arrebato se transforma en amor, en lugar de desvanecerse.

No es lo mismo ver un R8 en una exposición de autos, como ya me había tocado varias veces, que tenerlo en la cochera de tu casa. Lo primero es como ir a un desfile y admirar la belleza de Giselle Bundchen. Lo segundo, bueno, es como llevarla de fin de semana a tu casa. Esa cercanía absoluta, aunque fugaz, es capaz de destruir mitos. En el caso del R8, empero, lo que hizo fue transformar una pasión en amor duradero. 

Convivencia agradable 

La convivencia con un súper auto no es fácil. Para ofrecer la máxima experiencia de manejo, esos coches casi siempre son incómodos, poco equipados, con mala visibilidad y casi nunca cuentan con una cajuela. Vaya, en un Ferrari 430 Scuderia, ni siquiera es posible abrir las ventanas. Con el R8, empero, todo es diferente.

Claro que entrar y salir exige algo de flexibilidad, debido a su baja altura del piso. Una vez adentro, empero, estamos absolutamente cómodos. Los asientos tienen corte deportivo, pero molestarán a muy pocos con su forma que abraza el cuerpo. Su vestidura de Alcántara es agradable y elegante. Hay amenidades antes sólo encontradas en un sedán. Los cristales son de accionamiento eléctrico, al igual que los espejos y los asientos. El estéreo de magnífico sonido, cuenta con entrada auxiliar y una pantalla a color que despliega funciones que pueden contener guía de navegación por satélite, de forma opcional. Otra opción es el sistema de manos libres Bluetooth. Hay aire acondicionado digital y dual y la transmisión, en el caso de “nuestro” R8, era automática.

Detrás de los asientos, hay espacio suficiente para guardar algunos objetos. Incluso un par de maletas chicas. Pero adelante, hay un maletero en forma. No que sus 90 litros de capacidad sean lo máximo, pero son suficientes para guardar una maleta de buen tamaño. 

Bella y bestia 

La calidad de marcha del R8 sorprende por su comodidad. Vaya, autos con pretensiones deportivas mucho más modestas, como un Mazdaspeed 3, son más rígidos de suspensión.

Tan amistoso es el R8, que uno casi se olvida que se trata, en realidad, de una bestia. Casi.

Porque girar la llave -felizmente tradicional, sin botoncitos tan de moda últimamente- despierta nuestros instintos. El sonido del V10 de 5.2 litros, recuerda que el corazón del R8, al menos, es italiano. Esa máquina es de origen Lamborghini (se pronuncia Lamborguini, no Lamboryini, por favor) y hace que el R8 sea, ahora sí y no como en su versión V8, todo un súper auto.

La cifra oficial de aceleración del R8 V10 cupé, es de 3.9 segundos de cero a 100 km/h. Algunos medios, empero, han logrado hacerlo en 3.5 segundos. Desgraciadamente, en la hora de hacer nuestras pruebas, nos dimos cuenta de que Audi en México había desactivado el “launch control”, que permite arrancar a su máxima fuerza. Seguramente lo hizo para proteger el embrague, pero a nosotros nos causó la única decepción. Porque el R8 tardó 5.9 segundos para llegar a los 100 km/h. Es un número más adecuado a un Ford Mustang que a un súper auto. Esperábamos algo en la casa de los cuatro segundos. Pero sin poder quitarle el control de tracción (ESP) y revolucionar la máquina para su arranque, no conseguimos más que esto. Cruzar la meta del cuarto de milla, en el autódromo Guadalajara, tampoco fue nada para escribir a casa: 14.1 segundos. Lástima, porque sentir su poder de aceleración, una vez que la máquina la gira con ganas, o enfrentar las curvas con sus cuatro garras ancladas en el piso, nos puso a soñar con la sensación explosiva que seguramente tiene su aceleración en condiciones normales. 

El momento del amor 

Vamos en carretera, detrás de un camión, buscando espacio para el rebase. La transmisión de seis velocidades está en modo automático. La impaciencia ya nos invade. De repente, un pequeño espacio se abre, antes de una amenazante curva. Rebasar ahí, con un auto normal, sería una lotería. Pero hacerlo con el R8 es distinto. Lo único que el auto espera de nosotros es una orden. Una vez que ésta es recibida, a através de la presión en el pedal del acelerador, hay que agarrase. Entonces sí, sentimos todo lo que pueden hacer por nosotros sus 525 caballos de fuerza. Escuchamos y nos complacemos con cada uno de sus diez cilindros.

Ese es el momento clave. Es el instante en que nos enamoramos. Es como la magnífica sonrisa de la mujer perfecta, justo antes del primer beso. 

La imperfección que confirma la perfección 

La verdadera belleza debe tener algo de imperfecto, de inquietante. Tiene que haber un elemento que intrigue. Es como los labios de Uma Thurman. O como el lunar de Cindy Crawford. El R8 tiene también estos pequeños detalles.

Uno de ellos es la transmisión. El R-Tronic es, en esencia, una caja manual con modo automático. No tiene doble embrague, como la S-Tronic. Su funcionamiento es similar al de la Dualogic, de Fiat. Bueno, al menos las sensaciones que tenemos de ambas, es similar. Porque en el manejo diario y urbano, en modo automático, se siente el instante en que caen las revoluciones del motor para que entre la siguiente velocidad. Es algo brusco. Menos que en Fiat, pero es brusco. Esto se puede evitar si lo manejamos casi como manual, es decir, quitando el pedal del acelerador en el momento del cambio, que podemos hacer con dos palancas detrás del volante.

Por último, si queremos ser realmente fijados, resulta raro que un Audi, el campeón mundial de las buenas cabinas y los terminados impecables, use simplemente un cable de acero que termina en un aro cubierto de plástico, como sistema para abrir el compartimiento del motor.

Vaya, son fallas tan pequeñas que no nos atrevemos  calificarlas como pecados. Porque un auto con la belleza del R8, que en la calle se muestra de inmediato en atracción, en imán de miradas y sonrisas, que nos transforma en celebridad instantánea, que se comporta de manera amigable cuando lo queremos o intempestiva cuando lo pedimos que lo haga, no encuentra parangón. El R8, como nuestra mujer amada, es único. Y de esta manera, lo vamos a querer. 
 

El lado brillante

Diseño exterior e interior; motor Lamborghini insaciable; absoluta estabilidad; comodidad para el día a día; equipo de sedán de lujo. 

El lado oscuro

Transmisión de cambios algo bruscos 
 

Precio 182,500 dólares


Ficha técnica 
Audi R8 Cupé V10 
 
Motor: Central longitudinal; 10 cilindros en V; 5.2 litros de desplazamiento; Turbo; 40 válvulas; con inyección de combustible secuencial multipunto. Potencia: 525 cv @ 8,000 rpm / Torque: 530 newton-metro @ 6,500 rpm. 
 
Tracción: Integral. 
 
Transmisión: Automática de seis velocidades (6+R), R-Tronic. 
 
Suspensión: Delantera – Independiente, de paralelogramo deformable, con resortes helicoidales y barra estabilizadora. Trasera- Independiente, de paralelogramo deformable, con resortes helicoidales y barra estabilizadora.
 
Frenos: De discos ventilados en las cuatro ruedas, con sistema antibloqueo (ABS) y distribución electrónica de la fuerza del frenado (EBD).

 Dirección: De piñón y cremallera, con asistencia eléctrica. 
 
Dimensiones y capacidades en milímetros: 
Largo / Ancho / Alto 
4,435 / 1,930 / 1,252 
Distancia entre ejes: 2,650 mm. 
Peso: 1,625 kilogramos. 
Tanque- 90 litros. 
Cajuela- 90 litros.
 
Precio: 182,500 dólares 
 
Resultados de la prueba realizada en el Autódromo Guadalajara: 
Aceleración de 0 a 100 km/h: 5.95 segundos.
Frenado de 100 km/h a 0 en 46 metros
Cuarto de milla en 14.18 segundos a 160.2 km/h 
Velocidad máxima gobernada: 316 km/h